La gloria del sufrimiento

Por Walter Neufeld

Por nuestra propia naturaleza evitamos el sufrimiento, el dolor, la incomodidad. Hemos sido diseñados de esta manera, para asegurar la preservación de la humanidad.

Una dosis razonable de cuidado personal nos mantendrá alejados de variados peligros y dolorosas consecuencias.

Sin embargo —y en abierta oposición a la cultura que prevalece en este tiempo— los cristianos debemos tener una disposición abierta al sufrimiento. De hecho, la Biblia dice en Romanos 5:3, que nos alegramos al enfrentar pruebas y dificultades porque sabemos que nos ayudan a desarrollar resistencia”.

¿Por qué dice eso la Biblia si hemos aprendido hasta a orar para que Dios nos libre de los sufrimientos? El Padre Nuestro dice “líbranos del mal”. Además, el cristiano que tiene fe, tiene autoridad para reprender al enemigo y luchar contra la miseria, la enfermedad y otros tantos males. ¿No serán los que sufren personas a las que algo les falta a nivel espiritual?

No, mi amigo. Es cierto todo lo que Dios nos da, pero también es cierto que los cristianos, por mejores que seamos, por más conocidos o renombrados, todos padeceremos angustias y tribulaciones, atravesaremos tiempos difíciles, nos enfermaremos, e incluso moriremos.

Así como Dios hace llover sobre buenos y malos, también buenos y malos sufrimos en este mundo. Y si usted como hijo de Dios está pasando tribulación, sufrimiento, momentos difíciles, clame al Señor. Él le va a escuchar, le va a tomar de la mano y le acompañará hasta el fin de esa situación.

Por una parte, como se mencionó en el versículo anterior, las pruebas y dificultades son poderosas herramientas en las manos de Dios para formar nuestro carácter. Es por eso que nos podemos alegrar al enfrentarlas, porque podremos crecer y madurar, siendo más semejantes a Cristo.

Pero también, como hijos de Dios y Sus herederos, si pasamos por sufrimientos junto al Señor, nos acercamos a la gloria futura.

El Espíritu mismo le asegura a nuestro espíritu que somos hijos de Dios. Y, si somos hijos, somos herederos; herederos de Dios y coherederos con Cristo, pues, si ahora sufrimos con él, también tendremos parte con él en su gloria”. Romanos 8:16-17

Si hoy sufre, rinda ese sufrimiento al Señor, poniéndolo en Sus manos. Él le acompañará y fortalecerá, producirá en usted madurez, y llegado el momento, le abrirá amplia entrada a la gloria eterna.  

Preparados para celebrar

Por Walter Neufeld

El Señor Jesús dejó muy claro que celebraremos juntos. Le celebraremos a Él, al Padre, y al Espíritu Santo. Celebraremos Su eterna victoria sobre el mal, el pecado y la muerte. Celebraremos Su salvación.

Hemos sido invitados cuando llegamos a Sus pies y recibimos perdón y vida nueva.

Pero es nuestra responsabilidad el prepararnos anticipadamente para tal evento.

En Mateo 22 encontramos la Parábola de la Gran Fiesta, en que los invitados a las bodas del hijo de un rey se negaron a asistir, recibiendo un duro castigo. El rey entonces invita a los que estaban en las calles, los cuales sí aceptaron. Uno no estaba vestido como para la ocasión, y también fue castigado.

La Parábola de las Diez Vírgenes, en Mateo 25, también habla de algo parecido.

¿Qué tienen en común ambos pasajes? El que personas invitadas a celebrar no aceptaron la invitación o no estaban preparadas para cuando llegara el momento.

¿Podríamos nosotros hoy perdernos esta gloriosa invitación del Señor? Sí, dado que Él mismo indica esa posibilidad.

Nos podemos distraer en mil actividades, tareas y compromisos. Todo eso puede estar bien mientras no violente el orden de prioridades que Dios ha establecido para nosotros.

Por cierto, Dios quiere que trabajemos y le sirvamos con intensidad. Pero nada debe amenazar el primer lugar de nuestras prioridades que Él demanda solo para sí.

Esta es una batalla diaria e intencional y la ganamos enfocados de todo corazón en Dios y Sus propósitos, en Su persona, disfrutando la comunión con Él cada día.

Primero Él mismo. Todo lo demás puede y debe esperar —aunque otros se molesten con nosotros. ¡Dios primero!

¿Qué hago al comenzar la jornada diaria? ¿Reviso mi celular? ¿Escucho o veo noticias? ¿Me acuerdo de los diversos compromisos que tengo? ¿Me agobian otros afanes?

¡Dios primero! Encontrarnos con Él, disfrutar Su intimidad. Orar. Adorar. Leer y estudiar Su Palabra. Recibir Su abrazo amoroso y consolador. Todo lo demás viene después.

Luchemos contra las distracciones. No nos durmamos espiritualmente, ni menos rechacemos la amorosa invitación a celebrar de nuestro buen Dios.

Preparémonos diariamente para la Gran Fiesta, a la que hemos sido invitados, la cual está cada día más cerca. ¡Que nadie deje de participar!

Walter Neufeld es fundador y presidente del ministerio evangelístico Jesús Responde al Mundo de Hoy.

COMPASIÓN: DONDE TODO COMIENZA
Por Pablo Sánchez

El llamado del Señor Jesucristo para los suyos retumba con ecos de gloria a lo largo de los siglos. “Vayan por todo el mundo y prediquen la Buena Noticia a todos… hagan discípulos de todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo… enseñen a los nuevos discípulos a obedecer todos los mandatos que les he dado(Marcos 16:15, Mateo 28).


De igual forma resuenan las palabras del apóstol Pablo, quien, inspirado por el Espíritu Santo, añade un aspecto fundamental de nuestro propósito como discípulos. Porque somos hechura de Dios, creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios dispuso de antemano a fin de que las pongamos en práctica” (Efesios 2:10).


Somos llamados a predicar y discipular a todos, y a servir a todos mediante “buenas obras”, las cuales Dios mismo ha preparado para que las llevemos a la práctica.


Estas obras ciertamente no salvan a quienes las ejecutan, pero honran a Dios y validan Su mensaje en el corazón y la mente de quienes las reciben, además de satisfacer sus variadas necesidades.


Jesús, dice el libro de los Hechos “pasó por todas partes haciendo el bien” (10:38). Los evangelios lo muestran sirviendo incansablemente —a su grupo íntimo de discípulos, a individuos de todo tipo, a multitudes. Siempre movido por el elemento clave cuando llega la hora de servir: compasión.


Vemos a Jesús predicando y enseñando, alimentando, sanando y respondiendo a la necesidad de más obreros para la cosecha, en cada caso movido por esa enorme compasión (Mr 6.34; Mt 15.32-38; Mt 14.14; Mt 9 37-38).


Por compasión hacia la humanidad caída Él recorrió el camino de humillación inimaginable para el Trino Dios: se encarnó, vivió y murió para luego resucitar (Filipenses 2.7-11).


Esa misma debe ser nuestra motivación más profunda —porqué hacemos lo que hacemos. En primer lugar, el amor supremo a Dios, y en segundo, el amor compasivo hacia los demás que nos mueve a servirlos aun más allá de nuestras propias limitaciones, capacidades o deseos.


¿Cómo andamos en compasión? Siempre es recomendable hacer una pausa y permitir que el Santo Espíritu escudriñe nuestros corazones. Si estamos en déficit, es el momento de humillarnos ante Dios y rogar por el corazón compasivo de Jesús en nuestro interior.


Vale recordar como parte de esa pausa para revisar nuestras motivaciones, lo que alguna vez dijo Bob Pierce, fundador de las organizaciones Visión Mundial y La Bolsa del Samaritano: “Que mi corazón sea quebrantado por las cosas que quebrantan el corazón de Dios”.

EL PEOR ESCENARIO DE LA PANDEMIA

Por Walter Neufeld

Hace más de un año que el mundo entero es golpeado por la pandemia del Covid 19. A fin de contener los contagios y la diseminación del virus, las autoridades de todas las naciones han tomado severas medidas sanitarias que van desde la cuarentena más estricta hasta el uso de tapabocas, el distanciamiento físico, y mucho más.

Desde un comienzo los especialistas alrededor del globo hablaron del “peor escenario”, refiriéndose con ello al momento en que las personas contagiadas y necesitadas de cuidados intensivos superara al número de camas disponibles. Allí se dispararía el número de fallecimientos, sumado a la crisis económica y social.

Esto ya aconteció en varios países desde el mismo año 2020, y los medios de comunicación nos han traído desgarradoras imágenes de muerte y dolor.

Hoy, ya con varias vacunas disponibles —y que han demostrado su eficacia— el “peor escenario” está comenzando a ser una triste realidad en nuestra nación.

Sin embargo, aunque todo esto es dolorosamente cierto, hay un escenario aun peor.

La peor crisis, el peor escenario, no es la enfermedad. La pobreza es terrible, pero no es lo peor. Aun pensar en la muerte es terrible para la mayoría de las personas, pero la muerte misma no es el peor escenario. El peor escenario es si no estamos preparados para morir, si no estamos preparados para lo que viene después de la muerte.

La Palabra de Dios con suma claridad nos dice que vamos a vivir por la eternidad en las moradas que el Señor Jesús ha preparado para nosotros en la incomparable belleza del cielo. Pero hay condiciones para ello, y si no se cumplen las personas vivirán en la oscuridad eterna donde hay dolor, llanto y crujir de dientes.

Ese es el peor escenario y lastimosamente es donde se mueve la mayoría de la gente hoy en día sobre el planeta tierra. Y usted, ¿sabe dónde va después de morir?

Walter Neufeld es fundador y presidente del ministerio evangelístico Jesús Responde al Mundo de Hoy.